Domingo XIII del Tiempo Ordinario - Ciclo A (28 de junio de 2026)
«Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí».
Estas palabras no buscan disminuir el valor de los lazos familiares, sino recordarnos cuál debe ser el verdadero centro de nuestra vida. Jesús nos muestra que solo cuando Él ocupa el lugar principal en nuestro corazón podemos amar auténticamente a los demás, con libertad, generosidad y pureza. Vivir la fe cristiana, y de manera especial responder a la vocación sacerdotal, requiere esta valentía: poner a Cristo por encima de los propios proyectos, de los afectos humanos y de cualquier seguridad terrena.
También deseo dirigirme a los padres de familia. Como ya les he recordado en otras ocasiones, una de las expresiones más grandes de amor hacia sus hijos es estar dispuestos a ofrecerlos al Señor si Él los llama. Para una familia cristiana no existe mayor alegría que ver a uno de sus hijos servir a Dios desde el altar. No temamos vivir este orden del amor que el Evangelio nos propone.
Quien coloca a Jesús en el centro de su existencia no pierde nada; al contrario, encuentra la plenitud de todo lo que busca. Pidamos al Señor que nuestra parroquia y nuestras familias sean tierra fértil donde nazcan respuestas generosas y valientes a la llamada sacerdotal.
No olvidemos que lo más fácil suele ser adaptarse a los criterios del mundo. Sin embargo, Cristo nos invita a aceptar el desafío de caminar con Él y colaborar en su misión. La pregunta queda abierta para cada uno de nosotros: ¿serás tú uno de aquellos que se atrevan a seguirlo?
Comentarios
Publicar un comentario