Domingo IV de Cuaresma - Ciclo A (15 de marzo de 2026)

 Me puso barro en los ojos, me lavé y veo. 

¡Qué importante es la luz! Gracias a la luz, cada mañana, al despertar, podemos ver las plantas, las flores, los rostros de los seres queridos y todo lo que nos rodea. El Evangelio de hoy nos habla de un ciego de nacimiento que gracias a Jesús pudo ver la luz, el color, la maravilla del paisaje y la presencia de cosas de las que antes no tenía ni idea. Hay muchas clases de ciegos. Sobre ellos nos llama la atención la palabra de Dios. 

Son ciegos los que se dejan llevar por las apariencias. Las apariencias engañan. Es en el corazón donde se fabrican las buenas o malas acciones. Dios se fija en el corazón, porque el corazón es lo que importa. Son ciegos los que no se fían de la palabra de Dios. 

Son ciegos los que se creen superiores a los demás. No pueden aceptar la verdad que viene de los labios de los que marginamos. Les ciega el orgullo, el egoísmo y la soberbia. 

Son ciegos los que no quieren ver. Hay un dicho que dice: no hay peor ciego que el que no quiere ver. Cuando, ante una injusticia clara, yo hago como que no me entero y me callo cobardemente, soy un ciego. Cuando ante una necesidad hago como que no la veo, entonces soy ciego. Cuando estoy viviendo de espaldas a Dios y al prójimo y no quiero pensar en ello para no cambiar, entonces soy un ciego que se pone a sí mismo una venda en los ojos para no ver. Cristo nos dijo: Yo soy la Luz del mundo. Que El nos ilumine para que sepamos ver la maravillosa obra de la creación y la imagen del mismo Dios en cada persona, en cada prójimo, para comportarnos con ellos como hermanos.



Esquema de cantos

Entrada

Perdón: Kyrie 1 (Jacques Bertier)

Salmo 22: El Señor es mi pastor, nada me faltará

Aclamación al evangelio: Gloria a ti, Cristo, Palabra de Dios (Moisés A. Sáenz)

Ofertorio

Santo: Santo (Marco Frisina)

Cordero: Cordero de Dios (F. Palazón)

Comunión

Salida

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